Miguel Hernández, la conciencia que no cesa

En Orihuela nació, el 30 de octubre de 1910. Si viviera, si no hubiera muerto en la prisión franquista de Alicante, el 28 de marzo de 1942, hoy podría ser un anciano de mirada redonda, aniñada y todavía con ilusiones para mejorar la sociedad que nos rodea.

Este soneto lo escribió en la cárcel, en la primavera de 1939, para que todo se mueva, todo lo que  vive, late y avanza.

El hombre no reposa: quien reposa es su traje

cuando, colgado, mece su soledad con viento,

mas una vida incógnita, como un vago tatuaje,

mueve bajo las ropas dejadas, un aliento.

El corazón ya cesa de ser flor de oleaje.

La frente ya no rige su potro, el firmamento.

Por más que el cuerpo, ahondando por la quietud,

trabaje,

en el central reposo se cierne el movimiento.

No hay muertos. Todo vive: todo late y avanza.

Todo es un soplo extático de actividad moviente.

Piel inferior del hombre, su traje no ha expirado.

Visiblemente inmóvil, el corazón se lanza

a conmover al mundo que recorrió la frente.

Y el universo gira como un pecho pausado.

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