Manuela Solís Clarás, primera universitaria valenciana


 

Manuela (1862-1910) era valenciana, hija de un profesor de la Escuela Normal, un hombre cultivado que siempre apoyó las inquietudes intelectuales de su inteligente hija. Así pudo ella tramitar el permiso especial que necesitaban las mujeres para estudiar bachillerato. Luego pasó a la Universidad aprovechando un vacío legal: no se prohibía expresamente que las mujeres cursaran estudios superiores porque, sencillamente, era inconcebible. La primera Universidad que acepto a estudiantes mujeres fue la de de Barcelona, Valencia fue la segunda, seguida de Valladolid, Madrid, Salamanca, Sevilla y Granada,

Aunque no le dejaron asistir a clase en la Universidad de Medicina hasta el penúltimo curso, Manuela aprobó todas las asignaturas con sobresaliente y se licenció en 1889. La joven médica quería especializarse en ginecología y ejercer su profesión, otro desafío sobre el que la revista Siglo Médico concluía que «la mujer ni puede ni debe ejercer las diversas profesiones del hombre […], jamás cedamos a sus halagadores engaños de sirena […], pronto vendrían a quedarse con toda la casa».

Se fue a Madrid, al Instituto Rubio del Hospital de la Princesa, y luego a París, a trabajar en la Clínica de Partos de la Facultad de Medicina. Volvió con una formación obstétrica a prueba de prejuicios. Instalada en la capital de España, ejerció en diversas instituciones, fue profesora de Ginecología, miembro de la Sociedad Ginecológica y mantuvo consulta en Madrid. En 1905, ya célebre, es descrita en ABC por otra pionera, Carmen de Burgos, Colombine, la primera corresponsal española: como «mujer inteligente y bondadosa, de extraordinario talento y simpatía»

Mientras era reconocido su gran valor, Manuela había superado el último reto: se había casado y era madre sin renunciar a su quehacer profesional. La triple corona por la que pelean todavía tantas mujeres, se la concedio su profesor de Anatomía, Santiago Ramón y Cajal en 1907: «la triple corona de Doctora, esposa y madre» que cuando prologó un libro de su discípula sobre embarazo y lactancia, pionero en España y elogiado en el ámbito europeo.

El papel de la mujer, en la sociedad del siglo XIX quedaba limitado al ámbito familiar y doméstico tanto por el sentir social generalizado como por una desigualdad legal, educacional, laboral y política. Algunas voces de entonces reclamaban su derecho a la instrucción pública, entre las que destacan por su valentía las de las escritoras Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal, otros partidarios de la educación femenina la concebían diferente a la masculina, como pudo escuchar Manuela en la apertura de su segundo curso universitario en Valencia del doctor Peregrín Casanova: «Al insistir en la conveniencia de la instrucción de la mujer […] no pido […] una instrucción superior académica, parecida a la del hombre, pero sí una educación sólida que la prepare para el ejercicio […] ya como madre en la educación de sus hijos, ya como inseparable compañera del hombre». Esas frases ilustran del arduo camino que esta mujer y sus coetáneas debieron andar para acceder a los estudios, solo para el bachillerato, necesitaban una autorización administrativa especial.

Tuvo el reconocimiento público de hombres como Don Santiago Ramón y Cajal, que proclamó a la pionera valenciana Manuela Solis, como «modelo de estudiantes celosos y aplicados».

 

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