El ARTE DE CURAR RESIDIÓ EN LOS MONASTERIOS


Tras la división del Imperio Romano, las aspiraciones para desarrollar la ciencia decaen, los investigadores que hicieron avanzar los conocimientos son olvidados, nadie se percato ni alarmo el estancamiento que produciría un alarmante retroceso cultural.

Sólo quedo la labor realizada por los monjes copistas de antiguos manuscritos en los monasterios,  que logran salvar los restos de la cultura clásica si bien difusión de tales trabajos quedaban circunscritas al ámbito del monasterio.

En las escuelas catedralicias monacales que preparaban a los alumnos para el sacerdocio y la vida clerical, aparte de los estudios correspondientes a su fin religioso, se les imponía en la teoría y práctica de la medicina ya que, en numerosas ocasiones habían de usar de ella con los enfermos del propio cenobio, o con los ingresados en los hospitales y asilos anexos a los monasterios.

La práctica de la medicina por parte de religiosos regulares tiene su antecedente en los monasterios benedictinos, ya que su Regla recomienda explícitamente, en el capítulo 36, la caridad con los enfermos. En principio, los cuidados médicos de los monjes benitos al prójimo falto de salud aparecen guiados por un sentimiento profundo de amor al prójimo; se cuida al enfermo como medio para suavizar el sufrimiento. Con el paso del tiempo, el ejercicio de la medicina por los monjes dio lugar a graves abusos, los monjes admitían dadivas de los familiares de los enfermos, más posteriormente las exigían, lo que se convertía en pago, que iba en contra de los designios de caridad al prójimo, también algunos monjes, que atendían a los enfermos en sus casas, conocían del mundo y sus vicios más de lo que correspondía a su mentalidad religiosa y caían en pecado. A estos desmanes se fueron aplicando limitaciones, hasta que en los concilios de  de Reims (1131) y de Letrán (1139), se llegó a prohibir a los monjes la practica de la medicina con animo de lucro. En el S. XIII, se les prohibió definitivamente practicar el arte de curar.

A partir de entonces, el monje-médico se convirtió en monje-enfermero y en farmacéutico conocedor de las cuestiones botánicas, consistiendo su principal labor en el cuidado del jardín del cenobio, en el que no debían faltar las plantas necesarias para el cuidado de los mortales.

La reglamentación benedictina para el cuidado de los enfermos y la legislación conciliar de la Iglesia al respecto, se extendió en la práctica a todas las Ordenes religiosas, llegando a afectar, incluso a los seguidores de San Bruno, a pesar de que, por su tipo de vida eremítica, nunca existió entre ellos el peligro de abandono del convento a cambio del lucrativo oficio de la medicina privada, pero en la Nava Cohecho de 1582 ya se puntualiza que «de haber algún monje médico en las cartujas, les estará terminantemente prohibido el ejercicio de su arte en los extraños»; y en cuanto a los medicamentos, la orden era tajante y muy clara: «han de usarse sólo en  casos verdaderamente necesarios y previa licencia del prior».

A pesar de tales prohibiciones, la supervivencia de alguna botica es conocida en nuestros días, como la de la Cartuja de Valldemossa, en Palma de Mallorca, donde los antiguos planos de complejos monacales cartujanos en los que se reseñan otras con anotaciones precisas, y el hallazgo de numerosas piezas de ajuares farmacéuticos en los que campea la heráldica particular de cada convento, vienen a sacamos de toda duda, aunque extraña de su existencia tras las ordenes y tan muy limitado uso de los elementos curativos.

Se atribuye la permanencia de tales farmacias ya que la austeridad cartujana, estaba dirigida sólo a los componentes de la Orden de San Bruno, pero no afectaba a los criados, «familiares», huéspedes, y todo aquel menesteroso que se acercara al convento en busca de ayuda para el cuerpo enfermo, ya que la caridad y la generosidad con el prójimo constituyen una de las principales normas de actuación de la orden de San Benito basándose en los Evangelios «enfermo estuve y me visitasteis» (Mat 25,36).

Según el físico Dotn Sehmitz las plantas que se cultivaban, conservaban y se prescribían en los conventos eran: la menta. el romero, el lirio blanco, la salvia, la ruda, el gladiolo, el poleo, el heno griego, la rosa, el ben-o, el rábano, el comino, el apio montano, el hinojo, la atanasia y la «sariette». Cada convento en su botica, guardaba las hierbas medicinales en tarros de cerámica, primorosamente grabados con el escudo de la orden conventual.

Comentario:

Escaso bagaje medicinal usaban los monjes medievales, porque con tan elementales medios una medicina preventiva puede realizarse para algunos males, más nunca curar enfermedades graves e infecciosas. Son las mismas hierbas que daban las curanderas europeas y muy similar la curación con hierbas que los curanderos africanos y americanos utilizaban y con sus enfermos.

Tras esta reflexión surgen dudas:

  • Si la medicina de los monjes, se atribuía al amor al prójimo orientada por la religión y que los rezos ayudaban a  la curación.
  • Y la misma forma de curar con hierbas, la hacían las curanderas, a las que se les atribuía el concepto de magia y brujería, orientadas por ensalmos a demonios.
  • Si a los chamanes se les despreciaba porque con cánticos recurrían a la invocación de espíritus, y que utilizaban la ciencia del  conocimiento herborista.

Llegamos a la conclusión que la medicina de aquella época medieval  ofrecía dos contenidos diferenciados:

Los principios activos contenidos en las plantas. Aunque los africanos y nativos americanos tenían más recursos contra el dolor.

Un factor de influencia mental, donde el efecto de esperanza de curarse accede bajo un concepto de similares características de consideración sobrenatural: dioses, magias o espíritus. La aceptación, rechazo o indeferencia, está relación con las creencias culturales de los enfermos.

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Un comentario en “El ARTE DE CURAR RESIDIÓ EN LOS MONASTERIOS

  1. En todos los tiempos aquellos que vivían en contacto con la naturaleza y observaban sus fenómenos alcanzaron su propia sabiduría, dependiendo el grado de la misma de la inteligencia natural que el destino les daba, – Cosa idéntica que hoy también ocurre.
    En nuestro caso valenciano y en concreto con los montes de la Sierra Calderona antiguo “Lullen” y hoy Portaceli (Puerta del Cielo), en dichos montes entorno del monasterio tenemos por ley natural y con gran abundancia todas las plantas medicinales que en antiguo y en moderno todo lo curan. Siendo los herbolarios cartujos de dicho monasterio los que abastecían a la ciudad de Valencia en lo tocante a las formulas magistrales prácticamente hasta la nefasta desamortización del siglo XIX. Incluso en el equinoccio de verano sus montes se llenaban de buscadores de la flor de la Falaguera que florecía a las 12 de la noche.

    Rito ancestral este de la falaguera, que la ciudad de Betera mantiene de forma folklórica con la Alfabega, si bien en dicho pueblo por dejadez cultural se les ha olvidado el origen de su afición por cultivarla. La Falaguera es el helecho no la alfabega.

    So. Andrés Castellano Martí. Gracias.

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