Francisca Guarch, marcho voluntaria a la guerra carlista disfrazada de hombre



(Castellfort, Castellón, 1857-Ulldecona?, Tarragona, 1903)

Hacía falta valor en la España de 1872 para recorrer solo y andando casi cuatrocientos kilómetros en un país recién salido de la Revolución del 68 y sacudido por la III Guerra Carlista, máxime siendo una mujer de quince años, pero el arrojo fue consustancial a la voluntaria carlista Francisca Guarch, castellonense de Castellfort, nacida en 1857. Es necesaria haber estado sometida a un acondicionamiento como para creer que la doctrina que exigía la vuelta a la Inquisición merecía el sacrificio humano. Francisca de modesta familia de tejedores y deslumbrada por los relatos de su padre, una tarde cuando salió de la Iglesia tras rezar el Rosario y marchó hacia Benasal sin avisar a nadie, con lo puesto y decidida a imitar a su hermano mayor sumándose a alguna de las partidas voluntarias que defendían la causa carlista.

Temiendo ser reconocida en el Maestrazgo, marcha a Cataluña y alterna las jornadas agotadoras con ocasionales trabajos a cambio de comida hasta encontrarse con un matrimonio, también tradicionalista, que le cambia sus sayas femeninas por pantalón de pana, blusón y gorra. Un corte de pelo y Francisca se transformó en Francisco, un imberbe pero «fornido y bien dispuesto muchacho» que llegó a Gerona y logró el fusil y la ansiada boina encarnada que harían de ella una heroína.

Estampido de cañones, noches al raso, olor a sangre y pólvora llegaron a la vida del «bizarro Francisco», capaz de cargar kilómetros con un camarada herido, ejecutar a un traidor o granjearse la admiración de voluntarios y jefes de partida por su valor: «este muchacho es un león», diría su capitán mientras el infante Alfonso le otorgaba la cruz del mérito militar que muestra hoy la foto exhibida en los museos del Ejército de Madrid y Valencia.

Las agallas de «lo valensianet» luchando admiraban tanto como su gracejo con las jóvenes allí donde recalaba la partida. Así vivió un delirante enredo fingiendo ser el marido de una recién casada y llegó a prometerse con una pubilla llamada Carmen, a quien colmaba de requiebros y por quien tuvo una disputa «entre hombres» que llevó a Francisco/a varios días a la cárcel.

La aventura acaba cuando su padre, que la busca sin tregua en una larga odisea, la encuentra finalmente en Mieras. La noticia de una mujer disfrazada de hombre entre las filas carlistas se convierte en leyenda y, tras vivir un tiempo en Francia por seguridad, trabajando de criada en una familia carlista, al volver a Castellfort es ya una heroína. Aún protagonizaría otras hazañas vitales esta atípica mujer que acabó sus días convertida en fervorosa monja de la Caridad hasta su muerte en 1903-

La gesta y obligada retirada de Francisca a Francia fue recordada años después en sus memorias por María de las Nieves de Braganza de Borbón, otra carlista singular que interrumpió su luna de miel para incorporarse al frente, tras casarse en un castillo de Baviera con el infante Alfonso, hermano del pretendiente carlista al trono, Carlos VII. Hija del rey portugués en el exilio, María de las Nieves acompañó voluntariamente a su marido mientras éste dirigió la campaña catalana de la III Guerra Carlista y cuenta cómo tomaron por loco al padre de Francisca cuando se presentó reclamándola, así como la reacción de su hija: «Estaba desconsolada porque ahora, ¡adiós filas! ¡Adiós batirse por la Religión!, único motivo por el que dejó su casa… Tenía una fuerza extraordinaria para su edad. […] ¡Qué dolor el abandonar su uniforme! El quedar en España era demasiado expuesto […], así que la mandamos a Francia».76. Esta es la versión de su biógrafo, Jorge de Pinares, pero el morellano Francisco Medina conserva algunas páginas de una vieja revista carlista de su bisabuelo, Pelayo Beltrán, donde figura que Francisca murió «pobre, sola y casi abandonada en el humilde rincón de su casita de Castellfort». Al cierre de esta edición no he podido confirmar cuál es la versión fidedigna.

El paso a suelo francés llegó a ser práctica habitual a medida que avanzaba y se perdía la guerra, y algunos historiadores cifran en veinte mil los refugiados carlistas al otro lado de los Pirineos. Muchos aceptaron los indultos que ofrecieron sucesivamente el rey Amadeo de Saboya y la I República, pero en el ideario carlista estaba mal visto y Francisca lo rechazó varias veces.

La simpatía de las comarcas castellonenses del Maestrazgo y otras del interiorpor la causa ultra-conservadora y antiliberal del carlismo se remonta a su propio origen, en 1833, cuando la muerte de Fernando VII divide a los partidarios de que herede el trono su hija, Isabel II, y a quienes defienden la coronación del hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, que dará nombre al movimiento. Con el lema de «Dios, Patria y Rey», el carlismo abanderaba la vuelta a la monarquía absoluta del Antiguo Régimen, la restauración de la Inquisición y la promesa de restituir los fueros tradicionales abolidos por los decretos de Nueva Planta, lo que sin duda incidió en la adhesión al movimiento de valencianos, catalanes y vascos. Además, en el caso del Maestrazgo, de la primera revuelta salió un líder carismático que imprimió en la causa tintes épicos y enorme arraigo popular: el general Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrat.

Cabrera había nacido en el barrio de pescadores de Tortosa (Tarragona) en 1806, hijo de un marino mercante y de una mujer de gran religiosidad que le encaminó al sacerdocio. Apasionado, vehemente, católico tramontano e intrépido, dejaría el seminario para unirse al levantamiento de Morella del barón de Hervés y secundar el nombramiento del pretendiente carlista como rey Carlos V. Desde la capital de Els Ports llegó a organizar un territorio autónomo carlista con más de cuarenta pueblos, con prensa, recaudación e instituciones

propias, a la vez que ganaba el apelativo de Tigre por su ferocidad en la batalla y habilidad para burlar el cerco enemigo. Pese al fracaso de esta I Guerra Carlista, se convirtió en general, conde de Morella y héroe romántico popular que inspiró a escritores como Galdós, Baroja o el inglés George Borrow, que extendió su leyenda al extranjero. Fracasada también la II Guerra Carlista (1846-49), acabó exiliándose en Londres y allí permaneció hasta su muerte, treinta años después. Casado con una rica heredera inglesa, convertido en un exquisito gentleman, Cabrera siempre fue un referente para las bases populares, pero se distanció de la cúpula tradicionalista al asumir el liderazgo Carlos VII, nieto del primer pretendiente carlista.

El veterano general discrepó de declarar la III Guerra Carlista, convencido de que estaba abocada al fracaso y de la necesidad de buscar una vía de reconciliación: «Yo soy el que hace cuarenta años acaudillaba […] las huestes defensoras de la tradición […] que llegó a ser amado y temido. El mismo y con el mismo anhelo de servir a mi patria, y con la misma fe […] yo que pordestino de Dios y mi desgracia he venido a personificar […] los sentimientos propios de la guerra civil, españoles, creedme, solo el nombrar esta calamidad me aflige, porque la conozco bien y la detesto […]. Españoles, piedad de la nación, que también es nuestra madre».8

El tiempo acabaría dándole la razón y, como antes Francisca Guarch y tantos otros carlistas, el infante Alfonso, María de las Nieves y Carlos VII tuvieron que cruzar la frontera ante la evidencia del fracaso bélico en 1876 frente a las tropas de Alfonso XII. Las palabras del pretendiente carlista al cruzar los Pirineos, «Volveré, para salvar España», fueron su último error estratégico en la contienda.

FUENTES :

«Manifiesto a la nación», Ramón Cabrera, en Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, el carlismo entre elantiguo Régimen y la Restauración, Javier Urcelay Alonso, Barcelona 2006.

Mis memorias sobre nuestra campaña en Cataluña en 1872 y 1873 y en el centro en 1874, María de las Nieves de Braganza de Borbón, Madrid 1934-38.


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Un comentario en “Francisca Guarch, marcho voluntaria a la guerra carlista disfrazada de hombre

  1. En el Museo Histórico Militar de Levante, hoy Museo Histórico Militar, en la Sala de “Personajes Valencianos” Francisca Guarch tiene su lugar donde la historia la honra.
    So. Andrés Castellano Martí. Gracias.

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