Dramaturgo gaditano: Juan Ignacio González del Castillo.


Nacido en 1763 y muerto en 1800, famoso de gran aceptación popular y su  crítica en una época que los sainetes llenaban los teatros del siglo XVIII. En uno de los sainetes de González del Castillo “El triunfo de las mujeres” aparece la reivindicación de la mujer. Bien es verdad que desde una visión muy simple: la mujer es imprescindible para el funcionamiento de la intendencia familiar (lavar, coser, cocinar y tener hijos), lo demás (su necesidad de realizarse, de conocer otras gentes, o de lo contrario, ser modesta o incluso fértil es considerado un defecto). Pero tiene su actualidad porque plantea la situación de un grupo de hombres que deciden prescindir de las mujeres y ocuparse ellos de todas las tareas domésticas.

Dejando aparte todo cuanto constituye el valor de estos saínetes lo que hoy tiene, interés es su contenido satírico. Juan Ignacio González del Castillo nos ha dejado una representación de la sociedad de su tiempo, despiadada y burlesca que, en cierto modo, viene a emparentarse con el teatro de crítica social de hoy.

La pobreza es lo que lo señorea todo y cualquier lector queda asombrado al darse cuenta de que, en todos los saínetes, hace referencia el afán por el dinero. Los protagonistas, pertenezcan a la nobleza, a la clase media o a las capas más humildes de la sociedad, carecen de dinero y se esfuerzan por vivir como si lo tuviesen: unos piden algunos cuartos para un porrón de vino, otros piden dinero prestado para pagar el alquiler de la casa, unas mujeres coquetean para que se les ofrezca un abanico o un par de buñuelos.

Esta constante preocupación por el dinero nos permite conocer lo que eran los precios vigentes en una ciudad provinciana española en el último cuarto del siglo XVIII. Así, sabemos que una casa vale trescientos ducados, un cortijo cuarenta mil pesos, una viña ciento cuarenta pesos, mientras cien casitas rentan treinta mil pesos alaño.

En cuanto a los comestibles aprendemos que un pescado en salsa verde vale tres cuartos, el mismo precio que un porrón de vino y una comida opípara un peso duro por cabeza, sabemos que un colchón barato vale dos pesos fuertes, un pañuelo siete reales, un mantón veinte onzas mientras en la feria se pueden comprar un buñuelo por un ochavo y un abanico de calañas por un real.

Si el médico cobra un doblón de a ocho, la entrada en la comedia cuesta media peseta, el curioso romance del ciego dos cuartos y los seis puntos hechos por el remendón media peseta.

Todos los personajes de los sainetes carecen de dinero porque la vida va aumentando cada día más: «están malos los tiempos»

el pan está a tanto precio,

el aceite cuesta un ojo,

el vino se va subiendo.

Los de la clase media no pueden pagar el alquiler de la casa, los humildes no pueden vivir con los pocos cuartos que tienen y hasta los mendigos ya no pueden sustentarse con las limosnas:

… Yo me acuerdo

cuando el comercio gastaba

birrete blanco y sombrero

de canoa y traía

de la América el dinero

en botijas, que había pobre

que recogía tres pesos

sólo en motas de a dos cuartos.

Pero aquel era otro tiempo.

Todos quieren vivir como «en otro tiempo» y por eso vemos brotar el tema que podríamos llamar «del parecer». Nadie acepta vivir en el exacto nivel económico que le corresponde. Los humildes como los nobles y los de la clase media quieren lucir a toda costa. Los del pueblo piden  vestidos prestados de toda clase, hasta los zapatos:

que con cuatro trapos viejos

se imaginan ya marquesas

Pues en Cádiz

muchos lucen con lo ajeno.

En La casa de vecindad González del Castillo presenta una mujer sin grandes recursos económicos y que da a entender que vive en una buena casa, y hasta hay mujeres que prefieren no comer para lucir en los toros o en el paseo:

Yo conozco muchas damas

que llevan en las mantillas

encajes de media vara.

y sólo comen tres cuartos

de pescado en una salsa

que llaman zámpalo presto.

La nobleza desdorada anda también en busca del «otro tiempo», a la par que se encanalla cada vez más. Imagina genealogías y blasones o se pasea con la ejecutoria en una lata como la Marta de El aprendiz de torero. González se burla SIN PIEDAD del marqués-torero de Lebrija, cuando ostenta su espada:

Ésa fue de un bisabuelo

de mi abuelo, que en Castilla,

en unas fiestas reales

mató ante el rey Witiza.

y desde entonces quedó

vinculada en la familia.

Nuestro sainetero se ríe con crueldad de las estrambóticas genealogías como la de doña Eusebia:

Sepa usté

que soy doña Eusebia Cueto

hija de don Pedro Juncos

Comendador de Mochuelos.

Barón de Culanchiuordo

y Señor de los Cangrejos

O las del marqués de Campo Claro y del conde de Campo Oscuro, quien

exclama:

¡Oh vosotros, infanzones

que en la antigua galena

de mi casa os conserváis

entre el humo y la polilla:

vosotros cuyos bigotes

de tal suerte se ensortijan,

que parecen vuestras caras

una guitarra embutida:

vosotros favorecedme

en esta triste cuita.

Y hasta no son todos auténticos nobles de viejo abolengo, ya que se puede topar con marqueses cuyos abuelos vendían tomates y berenjenas.  Verdaderos o falsos, muchos de ellos son indecentes y se pasan la vida en las tabernas:

hoy se ven en los bancos

de las tabernas. Marqueses.

Vizcondes y Mayorazgos;

y yo conocí a un señor

muy decente que, en el claro

de dos pipas, se ponía

el peluquero a peinarlo.

No se puede tachar de anticlerical o antirreligiosa la obra de González del Castillo, puesto que los únicos representantes de la Iglesia que saca en el escenario son abates y sacristanes ridículos, únicamente considerados fuera de su estado. Los abates poco se interesan por lo eclesiástico: son gente de mundo que viven bien, miran a las mozas, son sufridos cortejos, grandes amantes de músicas y literatura:

Siempre he vivido entre damas,

tocadores, gabinetes

y estrados fueron mis aulas,

he tenido conclusiones

amorosas veces varias.

.

González del Castillo se burla indiferentemente de las mujeres y de los hombres, sin tener la menor indulgencia para con unos u otros. Se burla de la moda femenina como de la masculina.

Los vestidos de las mujeres son incómodos, costosos y recargados:

¿A quién no le fastidian

esas damas arrastrando

dos varas de muselina,

más tiesas que un mastelero

y con el talle a la orilla

del cogote?…

… un gran jubón

con treinta varas de cinta

en los hombros; unas naguas

con las alforzas cogidas

y por fin un relicario

lo mismo que una salvilla

Los hombres, los elegantes por lo menos, no visten más sencillamente:

¡Qué chupa trae,

qué calzón de terciopelo!

…Alrededor

no se ven más que fideos

de plata y oro: y las cintas

de los hombros van haciendo

acá y allá respinguitos

como orejas de conejo.

El peinado es tan extravagante como el vestido y González del Castillo, se divierte pintando las manías al uso:

La verdad; a mi me hechiza

mil veces más una olla

de caracoles encima

de una cabeza, que cuantos

polvos, plumajes y cintas

se ponen las petimetras.

…Las usías

por salir a los paseos

con la cabeza lo mismo

que una esponja.

Para conquistar la voluntad de sus amantes las mujeres no vacilan en recurrir a «la treta de los accidentes», pidiendo con voz desmayada lo  imprescindible. Lo que caracteriza a todas estas mujeres es su afición a las fiestas y bailes. Les gusta cantar boleras, bailar el fandango y, sobre todo, el zorongo. El sarao y la merienda son, con el paseo, «donde una mujer puede soltar las riendas al garbo» todo lo que desean las hembras y esto aparece resumido en las promesas de Narciso, cortejando a Dorotea:

…mas te aguardan

placeres muchos más gratos

cuando de este encierro salgas

para gozar del bullicio

de la sociedad. Las galas,

, los paseos, los teatros,

banquetes, bailes y tantas

diversiones como ocupan

el corazón de las damas”.

La sociedad masculina no es más reluciente. A pesar de la presencia de varios oficiales urbanos, lo que predomina en nuestros sainetes es el triunfo de la holgazanería. Los que trabajan no son más que comparsas que no integran verdaderamente el sainete. Cuando actúan (los pintores de La casa nueva aparte) el zapatero, el herrero, el barbero y hasta el soldado ya no se dedican a su oficio; aparecen como borrachos empedernidos, parlanchines inagotables, grandes amigos de ferias y bailes. En cuanto a los nobles, gente de la clase media, tunos, majos y abates se pasan el tiempo en cortejos, comilonas, paseos, fiestas, juegos y saraos en que se distinguen como bastonero.

González denuncia los vicios, vilezas y falta de honradez como la estupidez de todos estos parásitos de una sociedad en descomposición.

Todo se derrumba: el ejército, la justicia, el teatro… Nuestro sainetero ataca con violencia los soldados y los procedimientos de reclutamiento. Los soldados no sólo se presentan bajo el aspecto tradicional del fanfarrón, sino también bajo el, más realista, de una plaga:

…pues pensaba

yo que los soldados eran

lo mismo que la langosta

que destruye cuanto encuentra.

No hacen nada sino beber en la taberna, burlarse de los campesinos, vivir a expensas de las poblaciones, cortejar a las mozas y luego engañarlas:

No encontraréis en el mundo

gente que más se divierta.

Aquí el trabajo no mata:

Se dice a todas las mozas

que, en tomando la licencia

con ellas se ha de casar;

llega la marcha y se quedan

ellos con lo que han chupado

y ellas con la boca abierta.

El sainetero gaditano denuncia también los abusos de sargentos y oficiales en El recluta por fuerza muestra de qué modo se puede enganchar con con engaños a un cualquiera y rescatarle mediante fuerte cantidad de dinero. Critica la justicia y se mofa de la universidad, se burla de los payos a lo largo de su obra y no deja de manifestar su superioridad de ciudadano, quien considera a los campesinos como necios incapaces de entender lo que pasa en la ciudad y son hechos que le sirven para construir una parodia burlesca de comedia en Felipa la Chiclanera.

En Los cómicos de la legua, Ignacio González del Castillo nos presenta una pobre compañía compuesta de cinco cómicos que andan a pie, con un burro que lleva a la mujer preñada del autor. Llegan a un pueblo hambrientos con el hato a cuestas: un tambor, una vihuela y el tontillo de la graciosa. Dan una función en una sala desconchada a la luz de unas candilejas y de una araña de madera con velas de sebo. Lo curioso es que se representa una comedia unipersonal titulada La brevedad sin sustancia, verdadera sátira de una mala comedia, mal representada y en la que predominan los gritos echados «dentro».

Fuente: Obras completas, edición de L. Cano, Madrid: Sucesores de Hernando, 1914, 3 vols

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