El Papa Bonifacio VIII y el Rey Francés Felipe IV el Hermoso: Enfrentados


Bonifaccio VIII prisionero

Cuando falleció su Santidad el Papa el Papa Nicolás IV, el año 1292,   se inicio en Perusa un cónclave para elegir un sucesor que ocupara el Santo Pontificado. Los electores, divididos en dos bandos los Colonna y los Orsini,  no llegaron a encender la fumata blanca y prolongaron su desacuerdo durante dos años sin lograr solución.

El Cardenal Benedicto  Gaetani se mantenía al margen, confiando en que tal vez fuese elegido como candidato tercero de compromiso, aunque desconfiaba de las posibilidades. Gaetani dijo a los Cardenales, haber recibido un mensaje que se atribuyó al Espritu Santo a través de un anciano eremita llamado Pedro Morone suplicando a los cardenales  que cesaran las disputas y diesen un Papa a la Iglesia que estaba sin mandatario tanto tiempo. El deán, con buen juicio decidió proponer a Morone que poseía fama de santidad.

El cardenal Pedro Colonna acompañado de otros religiosos de Perusa interesados en tener un Papa que dirigiera la Iglesia, marcharon durante semanas en el verano de 1294 para llegar a la montaña donde habitaba Morone. Allí tuvieron que ascender por escarpadas sendas  hasta la entrada a la cueva  cercada con ramas que impedían la entrada a los lobos que merodeaban en la noche, allí encontraron al que iba a ser nuevo pontífice. Este apareció demacrado y sucio. El grupo se hincó de rodillas frente a Pedro Monroe, al que llamaron “Santidad”,  este dio su consentimiento.

El nuevo Papa  tomo el nombre de Celestino V, que desaprobó el modo de vida libertino de los clérigos en Roma, por lo que decidió establecer su sede en Nápoles. Gaetani para ganarse la confianza del recién nombrado Papa, mandó construir en una de las inmensas habitaciones del Castello Nuovo, una celda de madera en la residencia papal.

Los Cardenales contemplarón preocupados de como el  Papa Celestino entregaba las posesiones de la Iglesia a monjes y pobres, anulo los banquetes que se ofrecían en los palacios papales, prefiriendo roer un mendrugo de pan y beber agua, entre oraciones. Vació las cuadras de esplendidos caballos y carruajes y viajaba a lomos de un asno como Jesús. Cambió sus atavíos pontificales por su áspero sayo de eremita. Convoco a los Cardenales, para pedirles que renunciaran a sus amantes y les dieran cobijo en conventos de monjas.

Preocupados por el inusual comportamiento de Celestino, los carcdenales decidieron  actuar para evitar que el nuevo Papa, lograra la ruina de la Iglesia y aboliera los privilegios de la corte que a ellos afectaba,  para resolverlo, nombraron a Benedicto Gaetani para que llevara a cabo acciones.

Cuenta la historia mezclada con leyendas que Gaetani perforó el muro de la celda del Papa y colocó un tubo como altavoz. A medianoche cuando el Papa dormía, Gaetani susurraba a través de su escondido tubo:  “Celestino, renuncia al puesto. Es una carga demasiado pesada para ti”. Esto lo repetía cada noche,  el eremita algo desajustado de mente al estar tanto tiempo aislado en su cueva, quedo convencido de haber escuchado la voz del Espíritu Santo, y decidió abdicar.

Gaetani reclamó el solio pontificio y fue elegido Papa en diciembre de 1294. Tomó el nombre de Bonifacio VIII, trasladó nuevamente la sede a Roma. Celestino V le dijo: ” Brincáis como un zorro sobre el trono, reinaréis como un león, moriréis como un perro”. Bonifacio temiendo que Morone pudiera reaparecer con fanáticas ideas, lo encerró en el castillo de Fumone, el eremita sin cuidados enfermo y falleció pocos meses después.

Bonifacio VIII era un hombre triste, alto, corpulento que se distinguía por la frialdad de su mirada. El cardenal de la curia Llanduff  dijo de él: “Todo él es lengua y ojos, lo restante es todo carroña”. Dicese que cuando estuvo muy enfermo el médico español que le salvó la vida se convertiría en la persona más odiada de Roma después del Papa.

Sus atuendos fastuosos venian de Oriente, y mostraba pieles y joyas. Celebraba la misa con fervor y derramando lágrimas. En el Jubileo del año 1300, sentado sobre trono portando la corona de Constantino, sostenia una espada y cantaba: “Soy pontífice, soy emperador”.

Mantuvo como concubinas a una mujer casada y a su hija, cuando fue envejeciendo se aficiono a otros pecados y amasar dinero. Un diplomático español comentó: “A este Papa sólo le preocupan tres cosas: una vida duradera, una existencia opulenta y una familia enriquecida a su alrededor”.

La familia de los Colonna tenía conocimiento de la forma ilegal que Bonifacio había utilizado con Morone y le acusaba de haber usurpado el trono y  sustraer tierras cercanas a Roma para darlas a su familia.

El Papa lanzó contra ellos una cruzada, los acusó de conjurarse con los franceses para derribarlo y envió columnas militares para que destruyeran las ciudadelas Colonna matando campesinos o esclavizandolos. Los dos cardenales Colonna solicitaron piedad al Papa, con sogas en sus cuellos y vistiendo los negros hábitos de penitente. Bonifacio les perdonó la vida y los expulsó del colegio cardenalicio.

La ciudad de Palestrina ofreció protección a los Colonna. Bonifacio enfurecido atacó Palestrina, donde hubo más de seis mil muertos, y la cuidad destruida, solo la catedral fue respetada, la tierra fue arada y se esparció sal en sus surcos para hacerla improductiva. Por esta acción, Dante  en sus pinturas dibujo a Bonifacio VIII en el infierno, cabeza abajo en las grietas de una roca.

En 1302, entre Bonifacio y el rey de Francia, Felipe el Hermoso, se inició disputa:

El rey estaba furioso con el pontífice porque este no había cumplido con su promesa de designarlo emperador, por lo que para contrariarle impuso fuertes  tributos al clero.

Bonifacio lanzo excomuniones contra cualquier clérigo que pagase la más mínima cantidad a un laico, fuera Rey o Emperador.

Felipe, en respuesta, había prohibido la exportación de oro y plata y también había encarcelado a un obispo.

Bonifacio redactó una nueva bula, en ella el Papa afirmó la absoluta supremacía del poder espiritual sobre el poder secular, y terminó por definir que es de absoluta necesidad para la salvación el estar sometido al Pontífice Romano.

Felipe declaró: “Bonifacio es un tirano, un hereje roído por el vicio  que gusta de los placer con hombres, y que por su maldad estaba enfermo de sífilis.

Un ayudante del rey comentó: “La espada del Papa está hecha simplemente de palabras; la de mi señor de acero.

Felipe preparaba una partida para raptar al Papa y juzgarlo. Que pospuso porque los flamencos atacaron su territorio.

Bonifacio se encontraba en su retiro favorito preparando una bula, que excomulgaba a Felipe y lo despojaba del trono.

En esas circunstancias un joven cruel y obstinado Nogaret, que era sobrino y hermano de los dos cardenales depuestos, estaba formando un grupo. El sábado 7 de octubre al amanecer, las puertas de Anagni fueron abiertas por un capitán traidor de la guardia pontificia. Ingresaron seiscientos caballeros y mil soldados a caballo. Las campanas de alarma resonaron. El palacio del Papa se hallaba en la cima de la colina y estaba bien fortificado y defendido. Bonifacio pidió una tregua. Recibió las condiciones: Debía reintegrar a los dos cardenales Colonna a su puesto,  renunciar al solio pontificio y rendirse. Para Bonifacio tales condiciones eran inaceptables.

Los invasores incendiaron los portones de la catedral para llegar al palacio que se hallaba detrás, los clérigos huyeron, la escolta pontificia se rindió. Los asaltantes llegaron a la sala de audiencias y encontraron a Bonifacio revestido con sus atuendos pontificales.  El jefe de las fuerzas, Sciarra se dirigió hacia el pontífice y lo abofeteó exigiendo la renuncia. Bonifacio dijo: He aquí mi cuello, he aquí mi cabeza. Cuando el soldado alzó la espada, irrumpió Nogaret gritando que el nombre del rey de Francia deseaba que el Papa fuese conducido a Lyón para ser depuesto ante un concilio ecuménico. Los soldados arrebataron a Bonifacio la tiara, anillos y ropas, y se dedicaron al pillaje de las estancias palaciegas y quedaron asombrados por tales tesoros.

Bonifacio repetía con monotonía el lamento de Job: “Dominus dedit, Dominus abstulit” (Dios me lo dio, Dios me lo quitó). El cronista informa fríamente: “El pontífice fue condicho a las mazmorras donde  pasó  malas noches en tinieblas mientras las ratas se paseaban por su cuerpo, el hambre y la sed, y  la proximidad de la muerte contribuyeron a desquiciarlo lloraba para que lo liberaran”.

Los habitantes de Anagni, sacaron al Papa de su mazmorra y lo condujeron al Palacio de Letrán en Roma, donde permaneció encerrado.  Dominado por arrepentimientos golpeaba su cabeza contra la pared y roía sin cesar sus brazos. A solas, sin ser amado por nadie murió como un perro, según profetizo Celestino. El rey Francés evitó que la Iglesia cometiera la indignidad de nombrar a Bonifacio: Papa Santo y mártir.


4 comentarios en “El Papa Bonifacio VIII y el Rey Francés Felipe IV el Hermoso: Enfrentados

  1. hola… tengo una duda…. de ke fue el concilio ke duns escoto no kiso firmar a favor de felipe ???

  2. Pingback: Un lugar de la Historia… Aviñón | franciscojaviertostado.com

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