TRISTEZA DEL EMIGRANTE


TRISTEZA DEL EMIGRANTE  ,  narración en forma de cuento

Nací en una región pobre de la sierra, el maestro de la escuela le dijo a mi padre o así lo entendí de el, que yo era dispuesto para los estudios y como en casa no había posibles, por mediación de un sacerdote, me enviaron a un Convento-Colegio, donde tenia que trabajar para costear los estudios, como solo tenia conocimientos de pastoreo y agricultura, fui destinado a la cocina, magnifico lugar para quien ha sufrido privaciones.

En el colegio religioso asistíamos a los diarios servicios de misa, en una homilía se nos informo que Dios era infinitamente protector de nosotros sus hijos a quien amaba por igual.  Cuando fui a confesarme lo hice con el padre predicador y con inocencia de adolescente pregunte: ¿Porque si el Señor nos amaba por igual había personas tan ricas  y otras tan pobres que no tenían nada? Quede informado de que éramos iguales en el cielo, y que las personas nacían con un estatus de acuerdo con los designios divinos, que eran el adecuado a su salvación.

Al final del último curso, me ofreció el Superior por medio de nuestro tutor, que  podría quedarme en el Convento para seguir la carrera religiosa en el Seminario, ofreciendo así una vida de sacrificio al Señor. Respondí que reconocía la grandeza de la vida entregada a Dios y a los demás, aunque me faltaba la vocación necesaria para dedicarme a almas ajenas que quieren alcanzar el cielo sin arrepentimiento y lo solicitan por personas interpuestas. Mi ideal era formar una familia, que también es servir al Señor.

A los dieciocho años me despedí en busca de una vida laboral renumerada. Empecé a trabajar en el hotel de Valencia, era responsable de platos sencillos y ayudaba a los cocineros en los platos complicados selectos, muy variados para clientes exigentes, y el salario representaba un cambio económico comía en la cocina y dormía gratis en un cuarto del ático, lo cual me permitía ahorrar. Al hotel llegaban clientes de todas las nacionalidades, que gastaban cantidades inmensas, como los maharajaes príncipes de la India un país lleno de parias hambrientos, o el despilfarro de un jeque árabe cuando es conocida la miseria de su pueblo. ¿Porque se tolera que en algunos países solo unos pocos se benefician de los recursos valiosos, provocando sociedades injustas, que provocan la pobreza y la miseria de las poblaciones? ¿Dónde está la equidad social?

A los dos años era cocinero de primera. Un jueves, pasadas las cuatro de la tarde, unos clientes franceses que habían tomado mis arroces en nuestro comedor, me invitaron a su mesa y el que era Presidente de una cadena hotelera, me  propuso trabajar en un hotel que se estaba terminando de construir en Carcassone ciudad turística francesa, para dirigir la cocina, la renumeración era el doble de la que tenia, dije inmediatamente que si, además me evitaba el servicio militar  que podia hacerse en el extranjero con algún servicio auxiliar en el consulado. Me preguntaba porque la enorme diferencia de salarios entre países. Había leído la Epístola del Apóstol Santiago, donde denunciaba a los empleadores que no pagan a sus empleados sus justos salarios, condenando la usura y la explotación impulsando las bases de un justo precio, y rechazaban que: la sociedad empleadora basase su actividad en enriquecerse sin limite ahorrando en salarios o sin atender las normativas laborales.

Me recibió el país de la libertad, igualdad y fraternidad, de los derechos humanos,…  algunos franceses nos discriminaban como a raza inferior y  catalogaban: “cantantes y toreros” que trabajábamos poco, sientes que te miran con desprecio, y te encuentras solo, con gente diferente a ti, y a tus costumbres, con  dificultad en la comunicación, con rabia, cuando te insultaban diciéndote fascista. Fueron tiempos duros, añorando Castilla y Valencia, no era feliz, la felicidad se consigue con la integración social y allí no la había posibilidad, es cierto que algunos se reunían para despotricar contra el régimen de Franco y las chicas para bailar y ligar liberándose de la represión religiosa. Conocí libros prohibidos en España, de autores franceses que basaban sus pensamientos en que los derechos de los individuos son naturales y por tanto todos los hombres son titulares de ellos.  Se soportaba por la diferencia de ingresos, porque a igual salario si encuentras trabajo te quedas en tu casa.

Han pasado años, todos prosperamos, ahora ya no emigran los españoles, ahora son los inmigrantes los que quieren venir a España. En una terraza de la playa de Gandia, leo las noticias de la prensa, con la repetida llegada de pateras a las costas españolas, personas desesperadas que huyen del sufrimiento de las guerras, de las injusticias y del hambre.

Algunos inmigrantes son capturados al llegar en la oscuridad de la noche, son devueltos a su procedencia, a la ignominia de la guerra, a campos de refugiados o a la prisión donde serán sometidos a trabajos forzados; cuando vinieron no tenían nada: solo la esperanza, cuando vuelven sin esperanza solo llevan una manta de la Cruz Roja y una caja de galletas.

Los hombres del Norte, del mundo occidental, se ponen la careta de benefactores y obran con crueldad. Nuestro corazón  capaz de conmoverse ante el sufrimiento ajeno, esta ahora lleno de egoísmo e intolerancia, situación que comprendemos mejor los que fuimos emigrantes. Estamos condenando a semejantes la desesperación, o quizás a la muerte. Algunos no llegan, otros llegan para convertirse en esclavos explotados por mafias, que los ocultan, les facilitan documentos falsos, y proporcionan trabajo del que parte se queda la organización. Viven ocultos como animales acechados, vendieron sus pertenencias para poder embarcar en la patera, quedando su familia como rehenes que aseguran el pago. Solo tienen la ilusión de salir de las guerras, de la injusticia,  huir de enfermedades, de la explotación y al llegar se ven nuevamente encadenados a la organización que los extorsiona, en el aislamiento y soledad sin familia, en la nostalgia del clan de su poblado y cantan: Dejé mi esposa, mis hijos, mis padres y mis amigos /  Dejé mi pueblo, mi cultura y mi patria. No me queda mucho, me queda la fe, /  la esperanza y el sueño de llegar al NORTE, /  Aún así sueño lo mismo que todos los emigrantes  / De regresar con los míos y vivir, /  como quiere vivir todo ser humano.  (de Iki poeta africano).

Bueno es pequeño

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