EL MISTERIO DE LOS PECHOS DE LAS ANTRÓPOLOGAS Y OTRAS HISTORIAS AFRICANAS.


 

Beck Fisher y carol Angela, antrópologas

Angela Fisher y Carol Beckwith, antrópologas

El misterio de los pechos de las antropólogas fotógrafas y otras historias africanas.

 A lo largo de treinta años, dos antropólogas y fotógrafas, Ángela Fisher y Carol Beckwith, recorrieron el continente africano documentando prácticas, costumbres y ceremonias tribales que ninguna mirada extranjera se había atrevido a rozar. Parte de ese sorprendente registro fotográfico se exhibió en African Ceremonies: un tributo a África, la muestra que el Centro Cultural Borges de Buenos Aires  y posteriormente en Nuev Cork.

Fisher y Beckwith narran interesantes experiencias de sus investigaciones:   

Descripción de los pechos de las antropólogas por los africanos.

Antes de abandonar las tierras de los Surmas, les preguntamos a nuestros amigos si había algo que ellos quisieran que pudiéramos darles como forma de gratitud por su maravillosa generosidad. Pensaron largamente y surgió un pedido: querían contemplar nuestros pechos, una gran fuente de misterio. A diferencia de sus mujeres, nosotras siempre estábamos totalmente vestidas. La inocencia del pedido nos enterneció tanto que decidimos cooperar.


Elegimos a nuestro mejor amigo, Muradit, y arreglamos que viniera a nuestra choza. A los otros 300 pobladores se les pidió que aguardaran afuera. A la cuenta de tres nos levantamos la blusa y contamos en voz alta al unísono por cinco segundos. Nuestro sorprendidísimo amigo palmeó su boca con la mano en total asombro y abandonó precipitadamente la choza con gran entusiasmo. A continuación detalló a la multitud lo que había visto.


La descripción fue la siguiente: una de ellas tenía senos núbiles puntiagudos y firmes que se asemejaban a los de una mujer soltera, y la otra los tenía redondos y voluptuosos, parecidos a los de una mujer casada. La segunda descripción representaba a una mujer no disponible; la primera, en cambio, a una mujer lista para la seducción. Cuando escuchamos esto, nuestro guía e intérprete se apresuró a alistar nuestras mulas, ansioso por hacernos desaparecer como por arte de magia tras las montañas, hacia terrenos más seguros.

Besada por una mujer que usa un plato en el labio.

 Los Surma, que viven en la selva en el sudoeste de Etiopía, son tribus poco visitadas. Muchos de ellos nunca han visto una persona blanca, menos aún dos mujeres blancas. Inicialmente nos observaban con curiosidad y desconfianza, pero luego de varios viajes nos aceptaron como amigos.

Las mujeres Surma usan platos de cerámica en sus labios. El tamaño indica la cantidad de ganado que requieren sus padres como dote. El plato, que se coloca en el labio inferior, por lo general es mayor que la cabeza de la mujer, y el labio se debe estirar durante los seis meses previos al matrimonio para poder acomodarlo. Algunas veces las mujeres se sacan el plato cuando se encuentran solas. A menudo, en señal de afecto, una mujer nos daba un beso en las mejillas. Un beso con el labio largamente extendido que cubre la mejilla, humedeciéndola y produciendo una singular sensación.

La historia de los bolsillos

Los hombres de Surma, del sudoeste de Etiopía, prefieren andar desnudos o cubrirse con un taparrabos. Luego de haber convivido con ellos durante seis semanas, comenzaron a admirar los bolsillos de nuestra chaqueta y estaban fascinados con la cantidad de cosas que podíamos transportar al mismo tiempo.

Saliendo con vida

Realizamos tres visitas a mula a las tribus de Surma. Nuestra visita final duró ocho semanas. El día anterior a nuestra partida oímos el rumor de que no se nos permitiría escapar con vida. Inocentemente habíamos roto una de las reglas cardinales de la sociedad Surma. Al fotografiar simplemente algunas de las aldeas y a sus habitantes habíamos excluido alrededor de 14 mil personas. En su sociedad igualitaria esto no estaba permitido. Los excluidos estaban planeando dispararnos con sus rifles Kalashnikow durante nuestra partida. En nuestra desesperación, nuestro guía etíope sugirió una estrategia para salvar nuestras vidas. Invitó a todos los jefes Surma a nuestra choza para comer un abundante chivo asado. Al final del festín les pidió a los jefes que nos hicieran el honor de escoltarnos por el territorio Surma. Aceptaron gustosos. Partimos en la oscuridad de la noche y, tal como lo habíamos anticipado, vimos hombres de Surma escondidos entre los árboles apuntándonos con sus armas. Sorprendidos por la procesión real de sus líderes, ninguno se atrevió a disparar.

El mundo de los espiritus

 A medida que progresaba nuestro trabajo, desarrollamos una sensibilidad hacia el invisible mundo de los espíritus. Una tarde, atraídas por el sonido distante de tambores, fuimos hacia una arenosa playa en Ghana. Nos encontramos rodeadas de miles de seguidores de una deidad vudú llamada Flimani Koku. Durante ocho días fotografiamos a sus devotos cayendo en eufóricos trances y llevando a cabo proezas supernaturales.

 Vimos cómo algunos hombres se atravesaban la garganta con ramas encendidas, cómo tocaban con la lengua cuchillos al rojo y cómo se cortaban la piel con hojas de afeitar y salían ilesos. Nos vimos atrapadas en un mundo extraordinario donde figuras danzantes eran poseídas por la intensidad de su fe, acompañadas por el incesante palpitar de los tambores vudú.

Dos mujeres solas

Como éramos dos mujeres que viajaban solas, las familias nos adoptaban a menudo y nos daban los nombres africanos por los cuales éramos conocidas.

A Carol la llamaban Mokorol (“la que usa pendientes oscilantes sobre sus largas trenzas negras”) y Afi Dede (“primera niña nacida el jueves”).

A Ángela se la conocía como Dede Gaga (“primera niña nacida alta”) y Malaika (el término Swahili para “ángel”).

Estábamos protegidas por las familias que nos habían “rebautizado” y que, por lo tanto, nos acompañaban desde al alba al crepúsculo.

 Trabajar sin calendario

Documentar ceremonias en África planteaba un inmenso desafío logístico. Los rituales no se adaptan al calendario. Algunas ceremonias se llevan a cabo anualmente; otras, como las del festival Dogón Dama, ocurren una vez cada doce años. Para poder capturar estos evasivos eventos, necesitábamos estar constantemente en contacto con nuestros amigos y fuentes a través del continente, y debíamos estar preparadas para dejar nuestra base en Londres con sólo algunas horas de anticipación. En una ocasión fuimos hacia el oeste de África Sahel para encontrarnos con una sequía que había demorado el festival anual de reunión de los nómadas Wodaabe. Tuvimos que comprar un burro para transportar nuestro equipo y caminamos seis semanas con los nómades, esperando que lloviera. Cada vez que mostrábamos signos de impaciencia, simplemente nos decían: “Aquel que no soporta el humo nunca podrá ver el fuego”. Esta lección nos acompañó por toda África a lo largo de tres décadas.

 

Ceremonias Africanas, uno de los liros de las antrópologas.

Ceremonias Africanas, uno de los libros de las antrópologas.

 

Referencia: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-582-2003-01-25.html

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2 comentarios en “EL MISTERIO DE LOS PECHOS DE LAS ANTRÓPOLOGAS Y OTRAS HISTORIAS AFRICANAS.

  1. Que interesante la vida de estas mujeres y que valientes. Gracias por enseñarnos a entender a Africa, con estos relatos.

  2. Tu escribes muy bien, reflexionas y eres maestra de saber, tus halagos son excesivos.

    Yo soy tu más rendido fan, y espero contar siempre con tu amistad y cariño.

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