EL MASAI. MI AMIGO Y HERMANO AFRICANO


12 de Mayo varios 010

EL MASAI. Mi amigo y hermano africano.

El pastor pasa cada mañana al amanecer, con su ganado algo lejos desde yo estoy, más el mugido de las reses llega con claridad en el silencio de la selva. Me levanto de un salto de la cama y me lanzó a abrir la ventana de la habitación donde duermo, da al río y desde allí se aprecia muy abierto la panorámica del espectáculo del amanecer con tonos rojizos cuando el sol se filtra a través de la montaña del viejo volcán, el aire llega impregnado de exóticos perfumes, un placer  increíble que quiero  gozar cada día.  Miro los árboles del fondo, para observar los pájaros que madrugadores están haciendo un curioso nido en forma de ánfora invertida con una entrada por debajo, los hijos  del administrador son los que me advirtieron de su actividad para construir su nido con ramitas, me informan eran tejedores, son unos animales muy activos y expresivos en su cantos.

Estaba en Centroáfrica, el imperio de Bokassa, resido temporalmente metido en un bosque de impenetrable selva casi virgen de una explotación maderera, Maurice el señor que cuida de la casa y que hace de cocinero para los visitantes, señala la nube de polvo rojo que a lo lejos levanta el ganado y dice: todo está muy seco seria bueno que lloviera.

El pastor en un masai, temidos por ser feroces guerreros  y muy independientes, por eso es  extraño verle en estos parajes lejos de las tierras que conforman su hábitat.  Como es día festivo pienso bajar al valle para encontrarme con el, le pido a mi asistente me prepare un picnic y cuando le digo me voy al río me prepara bocadillos una botella de agua, dos cervezas en una nevera y un machete en una funda. 

El camino de bajada es agreste a tramos estrecho, lleno de plantas algunas con grandes espinas defensivas, hay muchas flores y multitud de mariposas de variados tamaños y colores, al final una fuerte rampa, por donde han bajado las vacas. Detrás de mi como una sombra un africano con un arco y flechas, me sigue sin acercarse, se que es el vigilante de las cabañas, deduzco que Maurice lo ha avisado y está protegiéndome.

A lo lejos veo al masai bajo la sombra de baobab, está de pie para vigilar mejor a su ganado que está bebiendo y comiendo la hierba fresca junto al río, de vez en cuando grita, lanza una piedra o va detrás de una res, es un joven de unos veinte años. Los masais no son muy sociales, ni gustan de conversar con extraños, lo saludo contesta y me presento, el se llama Richard, alto…, más de uno noventa, es delgado, tiene las orejas con los lóbulos alargados, es muy serio.  

La conversación no es muy fluida, su ingles es escaso, el mío también, su francés es horrible el mío igual, ante mi pregunta de que hace un masai aquí, dice que iba en un gran camión para vender el ganado, que se salió de la carretera , el conductor dueño de las reses se dio un golpe en la frente y murió, los animales se salieron de la caja del camión, algunas quedaron allí, pero las vivas “muchas” las recogió como propias y empezó a moverse, desconocía donde estaba,  solo tomo la ruta al contrario de cómo venia el camión, un ganadero lo encontró en sus pastos y tras negociar, Richard quedo nombrado pastor, cuidaría de sus propias vacas y las del ganadero.  

Unas vacas se separan y el masai salé tras ellas, momento que mi guardián se acerca para decirme que no debo confiar del masai, es un pueblo muy agresivo, le respondo pero tu me defiendes. Oui patrón.

Serán pasadas la una del mediodía, cuando decido tomar los bocadillos, que comparto con mis acompañantes, solo hay dos cervezas, así que las entrego a los africanos, yo beberé agua, cuando estoy buscando el descapsulador para abrir las botellas de cerveza, advierto que no me va a hacer falta, mis invitados las abren con los dientes y tienen rápido éxito, cuando hemos terminado el masai parte y vuelve con una calabaza de leche recién ordeñada, bebo un sorbo y digo que está riquísima, es diferente al tetrabik que bebemos los europeos, aunque me tranquilizaría si estuviera  hervida.

Terminado de comer y sin agua pregunto si el agua del río se puede beber, mi guardián me dice le acompañe y que lleve el machete, andamos hasta encontrar unas lianas, corta unos trozos de un metro y lo pone vertical sobre la botella vacía, que va llenándola con el goteo de agua que cae de los trozos de liana, el me deja beber y el lo hace de un charco, cuando le digo que es peligroso que puede tener amebas y tendra dolores de vientre,  me mira extraño se fija el el chaco turbio y dice “aqui no hay”. Al regreso se encuentra dos escarabajos gigantes (Goliat) y los recoge para asarlos en la cena son del tamaño de una naranja pequeña.

Al regreso de buscar el agua los dos africanos cuentan historias sobre mitos, fui mi turno, el ultimo en hablar y esperaban mi historia, y para no inventar, narre el mito de de San Jorge, que mató al dragón para salvar a la princesa, solo que San Jorge era un apuesto jefe de tribu, me escuchaban con mucha atención y respeto. Estoy seguro que a su vez ellos la contarían y hoy es posible se haya incorporado a las historias africanas. 

Recojo unas hojas y hierbas, para ponerlas en el suelo me siento junto al árbol y me quedo dormido. Cuando me despierto, es ya tarde ha sido una larga siesta,  entonces me doy cuenta de que en las ramas hay unas figuras, son unas rusticas tallas de madera que representan vacas, Richard me explica son peticiones para sanar a sus vacas y lograr tengan buen parto.  Funciona…, pues claro, lo pide al espíritu de sus ancestros pastores.

Vuelvo al poblado con el pastor y su ganado, tragando el polvo que levantan los animales, el masai anda entre las vacas  y percibo a través de la nube de polvo que Richard los acaricia en el lomo y en el testuz, y les habla. Al llegar cerca de la cabaña me despido de el con un fuerte apretón de manos y el continua el camino a los corrales. Las mujeres y muchachas del poblado con sus calabazas que sirven de lechera salen de las cabañas y se dirigen a recoger leche. Al día siguiente al amanecer tocan a la puerta es Richard con una botella de leche, le agradezco y para corresponder, busco en la maleta y saco una camiseta usada aunque lavada y planchada, que dice “Cuenca es única” la entrego y entonces me abraza diciendo gracias amigo, eres un buen blanco, he ascendido de clasificación social desde ayer tarde.

Los días que estuve allí dejaba por la mañana una jarra de leche recién ordeñada, que bajo mi concepto de occidental, tenia que hervirla y como el punto de ebullición era muy bajo y hace una espuma que se salía de cazo, ponía una gran cacerola y después de hervir la dejaba un rato a bajo temperatura y después le daba otro hervido, ante la mirada asombrada de Maurice.

Por las tardes depuse de dejar sus vacas y lavarse en el río, pasaba para sentado en el porche cambiar unas palabras, yo indagaba sobre sus costumbres que el creía que eran universales, la televisión que estaba en el porche, no tenia alcance de ninguna emisora, así que solo podíamos visionar unas cintas en el video, el decía que era una buena magia, y en una ocasión en una película, vimos unas escenas de la lidia de un toro, aquello le extasió

El día anterior a mi regreso a Valencia, le mando encargo de que quiero verlo para despedirnos, aparece bañado y con un manto nuevo granate que se lo quita para que pueda apreciar como le queda la camiseta con publicidad conquense, le explico que me voy a marchar, charlamos y me pide lo traiga a Europa y el podría cuidar de mis vacas, me quedo sorprendido y le respondo que en la ciudad que yo vivo, no hay vacas, ni sitio para pastar, y que para entrar al país hacen falta un pasaporte y un permiso de entrada que no tiene, no es posible.

Intercambiamos  obsequios le entrego mi pequeña navaja albaceteña de afilado corte que le digo le servirá para hacer figuras de madera, queda asombrado ante lo que el considera un pequeño machete que corta mucho; yo recibo una figuras talladas que representan una familia masai “de la que formo parte” y le digo lo conservare siempre, cuando nos despedimos me dice: Adiós hermano….,  hemos aumentado nuestra relación afectiva y ahora somos familia.

Cuando marcha le sigo con la mirada desde el porche, no vuelve la cabeza, lleva el manto envuelto como torero español la capa, la navaja cerrada en la mano, por el camino de vuelta va saludando a espectadores inexistentes, así le veo desparecer de mi vida. Solo el recuerdo mudo de unas figuras talladas me recordara tan glorioso evento.  

Bueno es pequeño

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Un comentario en “EL MASAI. MI AMIGO Y HERMANO AFRICANO

  1. Este relato es precioso ¡Que suerte tener un amigo masai! Tus experiencias africanas son muy interesantes. Sigo pensado que deberias escribirlas mas en serio aunque no fuera mas que para los amigos.

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